Hacía poco que nos habíamos mudado a Médanos de Solymar, y mi hermano y yo estábamos en ese momento bisagra que significaba haber perdido a nuestros amigos del barrio y no haber hecho nuevas amistades todavía. Y entonces, durante ese verano, pasó algo que no volvió a repetirse jamás: mi hermano se convirtió en mi mejor amigo.
Durante todas las tardes de ese verano, a la hora en la que mi vieja dormía la siesta, jugábamos juntos a las guerrillas de agua. Cada uno buscaba una botella vacía y la cargaba en la canilla que había en la pileta del fondo. Luego, comenzaba el juego. Debíamos tratar de encontrarnos uno al otro, sorprendernos y mojarnos. Cuando las botellas se vaciaban, hacíamos pido, y volvíamos a llenarlas.
Y así estábamos toda la tarde, hasta que el piso parecía una pileta y había que volver a cargar el tanque de agua de la casa.
Todavía recuerdo lo bien que se sentía refrescarse en esas tardes de tanto calor...
Todavía recuerdo las risas y los lindos momentos compartidos y que sólo han podido darse durante ese verano de 1995.
Foto: La casita de Médanos, varios años después, cuando ya se había vendido.
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